Destino con vista al

De Marrakech a Essaouira, el aire marino llama

Hay salidas que no hacen ruido.

No hay un horizonte espectacular, ni una promesa inmediata. Solo una ciudad que se aleja lentamente en los retrovisores y esa sensación particular: la de entrar en otra cosa.

Salir de Marrakech por la carretera es aceptar que el ritmo cambie. El calor seco de la mañana, los primeros kilómetros aún urbanos y, de pronto, sin aviso, el espacio. El tráfico se diluye, los muros desaparecen y el paisaje empieza a hablar de otra manera. El casco aísla lo justo para escuchar el motor, el viento y ese silencio progresivo que ya anuncia la montaña.

La carretera no busca impresionar. Se estira, se deja conocer. Aquí no se conduce para llegar. Se conduce para atravesar.

Dejar la llanura, entrar en el Atlas

Los relieves del Atlas no aparecen de forma brusca. Se dibujan primero a lo lejos, como una línea de fondo que poco a poco se convierte en presencia. La carretera empieza a ondular, a ascender sin prisa. Los pueblos se vuelven más discretos, integrados en el paisaje en lugar de imponerse sobre él.

La subida al puerto de Tizi N’Test marca un primer giro en el viaje. El aire se enfría, la luz se vuelve más nítida, casi mineral. Las curvas se suceden no como un desafío, sino como una conversación entre la carretera y la montaña. Cada giro abre un nuevo ángulo, una nueva profundidad.

A medida que se asciende, Marrakech ya no es más que un recuerdo difuso. La mirada se proyecta lejos, sobre valles amplios, sobre laderas donde la roca y la tierra dialogan sin artificios. Aquí, el Atlas no intenta seducir. Simplemente impone su presencia, estable, inmutable.

En la cima, el tiempo parece ralentizarse. A más de dos mil metros de altitud, la vista se abre sobre el valle del Souss, en algún punto entre el Alto Atlas y el Anti-Atlas. Marruecos se despliega en toda su verticalidad. Es un momento suspendido, casi solemne, en el que se mide la suerte de estar allí, exactamente en ese lugar preciso.

Luego llega el descenso. La carretera se vuelve más fluida, más abierta. El relieve se suaviza, la montaña se deja atrás sin pesar. Delante, Taroudant espera.

Taroudant, el Marruecos interior

Taroudant no es una ciudad de paso. Impone una pausa natural. Rodeada de murallas, protegida del bullicio, ofrece lo que pocos lugares saben aún proponer: tiempo.

Aquí nada apremia. Las callejuelas, los muros ocres, los jardines interiores cuentan un Marruecos más interior, más contenido. Después de las carreteras de montaña, el cuerpo se ralentiza por sí solo. Los gestos se vuelven más calmados, la mirada se detiene en detalles simples: una puerta, una sombra, una palmera que apenas se mueve.

Es un lugar de equilibrio. Un punto de transición entre las alturas del Atlas y lo que vendrá después. El silencio es denso, habitado. Se siente que el viaje no ha hecho más que empezar, incluso después de varias horas de carretera.

Taroudant prepara sin decirlo. Ancla. Re-centra.

Hacia el Anti-Atlas, el espacio se abre

Al salir de Taroudant, la carretera cambia de carácter. El Anti-Atlas se perfila, más seco, más áspero. Los paisajes se vuelven minerales, casi abstractos. La vegetación se vuelve escasa, dejando paso a relieves poderosos, a veces austeros, siempre fascinantes.

Aquí las carreteras son más estrechas, más confidenciales. Serpentean entre cañones, palmerales aislados, presas discretas. Los kilómetros se estiran en una forma de soledad reconfortante. Se cruzan pocos vehículos. El mundo parece haberse retirado para dejar espacio al viaje.

El tiempo adquiere otra dimensión. Las horas pasan sin contarse. Se conduce durante largo rato, sin fatiga mental, llevado por esa sensación rara: la de estar exactamente donde se debe estar.

Y entonces, sin aviso, al salir de una curva, el aire cambia.

Cuando aparece el océano

No hay anuncio. Ninguna señal espectacular. Solo esa línea azul, lejana, casi irreal. El océano aparece como una revelación.

Después de horas de montaña y paisajes interiores, el mar surge de repente, inmenso, abierto, indiscutible. El contraste es impactante. El aire se vuelve más fresco, cargado de humedad y sal. El viento se levanta, juega con la visera y trae consigo una sensación inmediata de libertad.

Es un momento que no se olvida. De esos que dejan huella porque no se esperan. La carretera desciende suavemente hacia el litoral, acompañada por el grito de las aves y esa luz tan particular de la costa atlántica.

Ya no se es exactamente el mismo que al salir de Marrakech. La montaña ha hecho su trabajo. El océano completa la transformación.

Taghazout, entre tierra y mar

Taghazout no es un destino fijo. Es un punto de unión. Un lugar donde la tierra y el océano se observan sin oponerse nunca.

El pueblo vive al ritmo de las olas, del viento, de la luz cambiante. El ambiente es sencillo, casi familiar. Por la tarde, frente al océano, el sol desciende lentamente, incendiando el cielo con tonos cálidos. El sonido de las olas se convierte en una presencia constante, tranquilizadora.

Después de las largas carreteras del Anti-Atlas, esta etapa ofrece una respiración profunda. Se recupera el placer de detenerse, de mirar, de escuchar. El cansancio está ahí, pero es suave, merecido. El viaje se inscribe ahora en el cuerpo.

Por la noche, si se dejan las ventanas abiertas, el sonido del océano acompaña el sueño. Como un recordatorio permanente: la carretera continúa, de otra manera.

Bordear la costa, seguir el viento

Al día siguiente, la carretera abraza el litoral. Recorre el Atlántico sin intentar dominarlo. El viento está siempre presente, juguetón, a veces travieso. Empuja, frena, acompaña.

Imsouane aparece como un paréntesis inesperado. La bahía, amplia y abierta, ofrece un espectáculo casi irreal. Las olas se despliegan con una regularidad hipnótica. Uno podría creerse en otro lugar, tanto contrasta el ambiente con todo lo anterior. Aquí el tiempo parece estirarse hasta el infinito.

La carretera continúa luego hacia Sidi Kaouki. El paisaje se abre aún más. El horizonte se vuelve inmenso. Los kilómetros pasan sin esfuerzo, llevados por esa luz atlántica tan reconocible.

Es una parte del viaje en la que se conduce menos para descubrir que para sentir. El motor se convierte en un simple acompañamiento. Lo esencial ocurre en la mirada, en la sensación de libertad pura.

Essaouira, la luz antes de la ciudad

Essaouira no se muestra de inmediato. Se deja acercar. Antes de la medina, antes de las murallas, está la luz. Una luz blanca, casi vibrante, que lo envuelve todo.

La ciudad aparece como algo natural después de la montaña y el océano. Ni demasiado grande ni invasiva. Respira. El viento circula libremente, limpiando el aire y los pensamientos.

Aquí no se corre por las calles. Se toma el tiempo. Se deja la moto a un lado y se camina. El sonido de los pasos sobre el empedrado, los olores salinos, los colores sobrios de las fachadas cuentan otra cara de Marruecos.

Essaouira no tiene nada que demostrar. Simplemente existe, entre cielo y mar. Después de días de carretera, ofrece una forma de calma poco común.

La carretera como experiencia humana

Este tipo de travesía no se resume en un itinerario. Es una experiencia humana, hecha de contrastes, de silencios, de momentos compartidos.

Algunas carreteras están pensadas para ir rápido. Otras para unir puntos concretos. Y luego están aquellas que cuentan una historia. Las que se toman el tiempo de pasar por lo esencial: la montaña, la tierra, el océano y lo que despiertan en nosotros.

Ese es exactamente el espíritu que se encuentra en algunos recorridos, como la RM400: una manera de viajar sin buscar el rendimiento, privilegiando las sensaciones, los paisajes y esa libertad tan particular que solo la carretera puede ofrecer.

El regreso, cerrar el círculo

Dejar Essaouira para volver a Marrakech es aceptar que el viaje llega a su fin. La carretera se aleja del océano, atraviesa llanuras más abiertas, casi desérticas. Los pueblos se vuelven más escasos, el paisaje más depurado.

El desierto de Agafay aparece como una última respiración mineral. Un espacio desnudo, silencioso, que recuerda por última vez la esencia de Marruecos. El lago de Lalla Takerkoust marca la transición final. El agua, la montaña, la luz: todo parece responderse una última vez.

Al llegar a Marrakech, el círculo se cierra. Pero algo ha cambiado. La carretera ha dejado su huella. Una sensación duradera, difícil de explicar, pero imposible de olvidar.

Algunas travesías permanecen en la memoria mucho tiempo después de que el motor se ha apagado. Esta es una de ellas.